Desde
el año 2010 se viene debatiendo en Colombia un aspecto importante sobre la
estructura político-administrativa del país a partir del concepto de
regionalización como estrategia de descentralización y promoción del desarrollo
en las regiones rezagadas de Colombia. Esta iniciativa fue y sigue siendo
liderada por el Ex Gobernador del Atlántico, Eduardo Verano de la Rosa, que con
justa causa presenta ante la opinión publica estadísticas en donde se pueden
observar como existe una concentración de recursos en el nivel central del
Gobierno Nacional mientras que las alcaldías y gobernaciones dependen de las transferencias
del Sistema General de Participaciones –SGP- y de algunos recursos propios para poder atender
sus necesidades.
Es
este orden de ideas, me declaro un defensor de la causa regional debido a que
es innegable que durante toda la historia republicana de Colombia se han tomado
pésimas decisiones en materia regional gracias al desconocimiento y desinterés
de las administraciones bogotanas y antioqueñas con respecto a las dinámicas que
se viven en las periferias del territorio nacional, en donde gracias a su
situación geográfica se definen gran parte del desarrollo interno de un país y
su proyección internacional.
No
obstante, tengo mis reservas con respecto a la creación de nuevas estructuras burocráticas
regionales, no porque seamos o no capaces de manejar con pulcritud y eficiencia
los recursos públicos asignados, si no que porque esto implicaría un mayor
gasto para la nación debido a que se tendrían que crear cargos administrativos
con todo y lo que eso conllevaría, es decir, sueldos, seguridad social,
adecuación de oficinas, viáticos, en fin, una gran inversión para un país que
de por sí ya tiene muchas responsabilidades desde el punto de vista económico.
La
nueva Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial sancionada por el Presidente Juan Manuel
Santos, en sus “Aspectos Principales” (pág. 11), señala en su inciso número 4
que “Habrá región, pero sin más estructuras burocráticas: región para la
inversión y el desarrollo a través de las Regiones de Planeación y Gestión, y
de las Regiones Administrativas y de Planificación”. En este sentido, considero
que estas dos figuras, en especial las “Regiones de Planeación y Gestión”[1] son
los mecanismos más idóneos para construir región sin llegar a construir más
estructuras burocráticas innecesarias.
De
hecho, en este tipo de debates se deben tener en cuenta que los países
latinoamericanos, incluido Colombia, de acuerdo con la CEPAL (2003, pág.72)
sufren de “macrocefalia y presencia de grandes áreas metropolitanas”, que en el
caso del Caribe estarían representas en aglomeraciones como las de
Barranquilla, Cartagena, Santa Marta, Valledupar, y en menor medida Montería,
Sincelejo y Riohacha. Es así como
considero que ahí es donde reposa el desarrollo regional, es decir en el
fortalecimiento de las Ciudades y Áreas Metropolitanas creadas formalmente (Barranquilla,
Cartagena y Valledupar), a partir del desarrollo de nuevas capacidades de
coordinación y gestión, de modo que estas funcionen como epicentro de
desarrollo urbano-regional a partir de la generación de programas y proyectos,
que conjuntamente con una representación eficiente en el Congreso de la
República y los Ministerios, hagan posible el acceso a los recursos económicos suficientes
para su ejecución.
Otro
punto sobre el cual me encuentro reflexionando, es que si la idea es
descentralizar las finanzas del Estado a través de reformas político administrativas,
sería conveniente que la Nación dotara de recursos a las Áreas Metropolitanas
ya existentes de manera que se pueda reducir la influencia de las grandes
ciudades núcleos en las decisiones que se lleguen a tomar dentro de estas, y
por el contrario se logre empoderar aún más a los municipios más pequeños que
las conforman y de este modo mejorar su eficacia y eficiencia a la hora de
transformar económica y socialmente estas aglomeraciones. Así mismo, los
recursos derivados de las regalías considero que deben concentrarse en un
porcentaje importante en los departamentos en donde son producidos los procesos
de extracción minera para que estas áreas puedan disfrutar de los beneficios de
la explotación de sus recursos y promover así la creación de nuevos centros de
desarrollo urbano mermando así el crecimiento de las aglomeraciones existentes
como puede ser el caso de Valledupar y su Área Metropolitana en el Departamento
del Cesar.
Debemos
tener claro que en el mundo las ciudades son las principales generadoras de innovación,
desarrollo económico y bienestar social por lo que debemos reconocer a nuestras
ciudades como eso y no por propender por crear nuevas estructuras cuando las
que tenemos no funcionan como deben funcionar. De acuerdo con Katz and Bradley (2013,
pág 6) “las ciudades y “metros” está tomando control de sus propios destinos, comenzando
a considerar su propio crecimiento económico” promoviendo así una “inversión de
la jerarquía de poder en los Estados Unidos”. Este considero que es el enfoque
que debemos manejaren Colombia, es decir el fortalecimiento de las ciudades y áreas
metropolitanas para desde ahí promover el desarrollo regional y usar figuras como
las que se encuentran en la Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial para promover la coordinación entre municipios mas pequeños.
No
obstante, este es un concepto que esta abierto al debate de modo que se pueda enriquecer y que a futuro pueda ofrecerle al proceso de desarrollo regional del Caribe nuevos insumos para poder consolidarse. Quedo atento.
Fuente: http://regioncaribemontessori.blogspot.de/2010/10/la-region-caribe-de-colombia-es-el-area.html
Nota I: otro punto importante es que si hablamos del caribe geográfico deberíamos incluir a Antioquia, pero bueno, ese es otro punto.
[1] Capitulo II “Esquemas asociativos regionales”. Artículo 19.
BIBLIOGRAFÍA
- CEPAL
(2003). “Gestión urbana para el
desarrollo sostenible en América Latina y el Caribe”. CEPAL, Santiago de
Chile PP:73-77
- Katz and Bradley (2013). “The Metropolitan Revolution: How cities and metros are fixing our broken politics and fragile economy”. Brooking Institution Press, Washington D.C.

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